sábado, 7 de marzo de 2009

Humor por Sendra


jueves, 29 de enero de 2009

convocatoria abierta para nº 40 UNLP



UNLP

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación


Revista de Filosofía y Teoría Política


DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA



CONVOCATORIA ABIERTA

La Revista de Filosofía y Teoría Política se encuentra en este momento preparando su número 40 correspondiente al año 2009. A tal efecto, convoca a la comunidad académica y filosófica a participar enviando sus artículos y documentos de trabajo producto de la investigación, comunicaciones y reseñas críticas y bibliográficas para su publicación en este número. Se priorizarán los trabajos recibidos antes del 15 de marzo de 2009, a los efectos de su inclusión en el nº 40. Se reciben investigaciones de todas las áreas disciplinares y corrientes filosóficas que se ajusten a las normas y criterios de la práctica académica y científica de la disciplina, además del acuerdo con las normas para recepción de trabajos establecidas por el Comité Editorial y que figuran más abajo.


La Revista de Filosofía y Teoría Política es una publicación de periodicidad anual del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de La Plata y aparece indicada en las bases de datos: Philosopher's Index, Sociological Abstracts, Worldwide Political Science Abstracts, 4P (UNIRED: Proyecto Padrinazgo Publicaciones Periódicas Argentinas) y Francis: INIST (Institut de l'information scientifique et technique). También está incluida en LATINDEX (Catálogo- Sistema Regional de Información en Línea para Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal), Ulrich's Periodical Directory y en Núcleo Básico de revistas argentinas (CAICYT).


Instructivo para la presentación de trabajos a la Revista de Filosofía y Teoría Política

Todo trabajo presentado ante el Comité Editorial deberá respetar las siguientes pautas:


A.- PRESENTACION

1. Se recibirán trabajos durante todo el año.

2. Los trabajos deberán ser corregidos y revisados por cada autor antes
de ser entregados al Comité Editorial.

3. Se deberá consignar:

· Título del trabajo y subtítulos.

· Nombre del autor o de los autores.

· Lugar o institución donde se realizó el trabajo.

4. Original del trabajo en papel (dos copias)

5. CD, o enviar una copia por correo electrónico a rfytp@fahce.unlp.edu.ar, aclarando en el asunto que se trata de un "trabajo a evaluar en la Revista de F y TP". En caso de que se confirme la recepción del trabajo se podrá obviar el requisito 4.

6. Se debe utilizar el programa Word 6.0 o versión menor a la misma.

7. Abstract de no más de cien palabras en castellano y en inglés (o
francés).

8. Tres palabras clave, en castellano y en inglés (o francés)

9. Se deberá agregar una noticia biográfica del autor/a de no más de seis renglones y una dirección electrónica para consultas.

10. Se deberá enviar además una copia sin datos que permitan identificar al/a los autor/es en el texto del trabajo, en las notas o en la bibliografía.


B.- NORMAS DE DISEÑO

1.. Orden de presentación:
a.. Título del trabajo y subtítulos
b.. Nombre del/de los autor/es
c.. Lugar o institución donde se realizó el trabajo.
d.. Noticia biográfica del autor/a de no más de seis renglones y una
dirección electrónica para consultas.
e.. Abstract en castellano y en inglés (o francés)
f.. Tres palabras clave en castellano y en inglés (o francés)
g.. Cuerpo del trabajo con notas a pie de página
h.. Bibliografía normalizada
2.. Tamaño de papel: A4 (21,00 x 29,70 cm)
3.. Márgenes: Superior 2,50 cm; inferior 2,50 cm; laterales 2,50 cm.
4.. Familia Tipográfica: Times New Roman
5.. Cuerpo tipográfico: 12.
6.. Dejar un espacio en blanco entre Título, subtítulo y texto.
7.. Tipear todo el texto de corrido, utilizando mayúsculas y minúsculas
según corresponda e interlineado 1,5.
8.. No sangrar el texto. Utilizar "enter" solamente cuando va punto y
aparte.
9.. Para destacar una palabra o frase utilizar solamente la variable
tipográfica itálica o cursiva. Evitar viñetas, texto en negrita,
subrayado, salto d epágina y salto de sección.
10.. Las notas deberán estar al pie automáticamente. Serán indicadas en
el cuerpo principal del texto con un número superíndice, sin dejar
espacios (en ningún caso usar paréntesis) y después del signo
ortográfico. Ej. ... como constará en el documento.1
11.. La bibliografía estará normalizada en todos los trabajos. Se
insertará al final del trabajo, por orden alfabético por autor, teniendo
en cuenta el modelo siguiente:
a.. Apellido y nombre de los autores (mayúscula y minúsculas. Ej.
Borges, Jorge Luis);
b.. Fecha de edición ( entre paréntesis);
c.. Título de la obra en itálica o cursiva y minúsculas;
d.. Lugar de edición;
e.. Editorial;
f.. Volumen, tomo, etc.;
g.. Número de página (si corresponde);
h.. En caso de artículos de revista, el título irá entre comillas y el
nombre de la revista en itálica;


C.- EXTENSION DE LOS TRABAJOS

La extensión sugerida para los trabajos es la siguiente:

· Artículos y documentos de trabajo, entre 20- 25 páginas;

· Comunicaciones, entre 10-15 páginas

· Reseñas y críticas bibliográficas, entre 1-2 páginas


Todos los trabajos serán remitidos a dos evaluadores (internos y externos). En caso de disidencia se enviaran a un tercer evaluador. Se indicarán al autor/a las modificaciones sugeridas, las que deberá cumplimentar en los plazos que se estipulen. Una vez aceptado para su publicación, no se aceptarán más modificaciones al trabajo.





viernes, 5 de diciembre de 2008

El "etnólogo filósofo"

Por: Sabine Glaubitz, para Revista Ñ

LAS OBRAS DECISIVAS del estructuralismo, en las que Lévi Strauss intenta comprender cómo funciona el espíritu humano y cómo son las estructuras mentales y cognitivas, surgieron en los años 60 con El pensamiento salvaje, El origen de las maneras en la mesa y Lo crudo y lo cocido.


"Me convertí en antropólogo huyendo de la filosofía", dijo en cierta ocasión Claude Lévi-Strauss, y sin embargo el etnólogo francés de fama mundial, que cumple 100 años, es para muchos más bien un filósofo.

Desde hace más de medio siglo, este hombre discreto se posiciona en los debates culturales actuales. Dotó de un nuevo significado los conceptos de "raza", "cultura" y "evolución" y ya hace décadas que hizo de la diversidad cultural un factor esencial de la cohesión social y de la paz, una teoría que en el contexto de la globalización gana cada vez más relevancia. Es por ello que la prensa celebra a este científico como el "etnólogo filósofo" de su época.

También la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), con sede en París, celebra a Lévi-Strauss "como uno de los grandes intelectuales del siglo XX".

Una imagen que ya se fue gestando en los año 50 con la publicación de su bestseller Tristes trópicos. Un recuento científico que recorre Brasil y que los medios ensalzaron como "gran libro de la sabiduría". Este compendio de estudios ya advertía de la extinción de culturas "primitivas" amenazadas por el avance de la civilización. En momentos en el que el término "avance" todavía era una palabra mágica de connotación positiva el científico se convirtió en un pesimista sobre la cultura y en agorero de los que creían ciegamente en el avance.

Pero Tristes trópicos no sólo fue una crítica a la sociedad. Con este libro también se distanció más de su oficio original, pues después de todo el etnólogo era un "enviado" de esa civilización destructora cuya expansión llega a todos los rincones del planeta.

En este papel no quería verse Lévi-Strauss. "Odio viajar", dijo, y se centró con ahínco en escribir, algo que muchos de sus colegas le reprocharon. Le cuestionaron sus análisis por estar elaborados con material de segunda mano y dudaron de sus conclusiones sobre sociedades, mitos y las estructuras de pensamiento en las que se basan.

Lévi-Strauss analizó toneladas de material de investigación y elaboró un nuevo método de investigación antropológica: el estructuralismo. Las obras decisivas de este estructuralismo, que intenta comprender cómo funciona el espíritu humano y cómo son las estructuras mentales y cognitivas, surgieron en los años 60 con El pensamiento salvaje, El origen de las maneras en la mesa y Lo crudo y lo cocido.

Con su lógica rigurosa y clasificadora, el científico demostró que los sistemas sociales y familiares de los pueblos ancestrales a menudo eran más complejos y sutiles que los nuestros, lo que escandalizó a muchos etnólogos. Pues hasta Lévi-Strauss, los "primitivos" eran considerados pueblos con formas de pensar arcaicas, sin escritura y sin máquinas.

Para él no hay ninguna raza que intelectualmente sea superior o inferior. Cada grupo étnico de la humanidad tiene su especificidad con la que ha contribuido a un legado común.

Nacido en Bruselas en 1908, este hijo de un pintor relató que recaló en la etnología porque era malo en filosofía, estudio que cursó junto a los de derecho y sociología en la Sorbona de París.

Fuente: DPA


domingo, 23 de noviembre de 2008

Homenaje a Víctor Massuh





UN INTELECTUAL GENEROSO. Massuh concebía al filósofo como alguien llamado a encontrar, en un mundo que se desintegra, nuevas experiencias de la verdad, del bien, de la belleza y de lo sagrado.

Con motivo del reciente fallecimiento de filósofo tucumano Víctor Massuh, el suplemento La Gaceta Literaria, principal diario de la provincia, en su última edición homenajea al pensador, con quien mantuvo una estrecha relación desde sus inicios, en una serie de artículos destacados a continuación.

Un Pensador presente

Por Santiago Kovadloff

Acerca de 1949 y una amistad de seis décadas

Por Daniel Alberto Dessein

El filósofo, Tucumán y un remolino de recuerdos

Por María Eugenia Valentié

Tucumán, huellas de una utopía

Este artículo forma parte de una serie de apuntes autobiográficos que el filósofo publicó en LA GACETA Literaria en 2006. 

A la búsqueda de lo auténtico

Por Lucía Piossek Prebisch

Nuestro aporte filosófico mayor

Por Abel Posse

El ros­tro que­bra­do del hom­bre

Víctor Massuh, 1924-2008. Este artículo fue publicado por el pensador tucumano en estas columnas, el 18 de diciembre de 1950.






miércoles, 19 de noviembre de 2008

Murió en Buenos Aires el filósofo Víctor Massuh


El filósofo tucumano Víctor Massuh murió ayer a los 84 años en la ciudad de Buenos Aires, donderesidía. Sus restos fueron velados en su domicilio, y serán inhumados hoy en el cementerio Jardín de la Paz, en Pilar. La comunidad intelectual de Tucumán quedó conmovida por la noticia del deceso del ensayista, diplomático y colaborador permanente de LA GACETA Literaria.


Massuh había nacido el 25 de febrero de 1924 en San Miguel de Tucumán; había estudiado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, donde también se doctoró. Ejerció la docencia en numerosas universidades argentinas; fue miembro de numerosas academias y desarrolló una vasta obra filosófica. También cubrió funciones diplomáticas, como la de embajador de la Argentina ante la UNESCO. Al margen de su destacada trayectoria intelectual, fue, según sus amigos, un tucumano que siempre volvía a su provincia y que privilegiaba la amistad por sobre todas las cosas.

La Gaceta

lunes, 17 de noviembre de 2008

Sin prisa y con pausa

Cada cual pasa a lo suyo, y yo, que los veo por la ventana del café sin saber qué es lo mío, ni si algo lo es, me pregunto cómo sé que aquello a lo que cada cual va es precisamente lo suyo y no lo de cualquiera. La pregunta viene a cuento de que ese modo de ir parece determinar cómo va el mundo, el que iría de muy otra manera si cada cual no fuera tan metido en su pellejo.

La primera señal de que cada uno va muy a lo suyo es la premura con que va. Las más veces lo que se nota es el apuro de su marcha, pero en ocasiones se trata de un apremio que le contrae el gesto, asemejándolo al de quien camina contra el viento.

La segunda señal de que a cada uno lo empujan asuntos propios es que casi no hay transeúnte que no vaya agarrado a cierto avío -una carpeta, una bolsa de compras, un portafolio-en el que lleva sus cosas, la materia de sus intereses, la parte, en fin, que le toca en los negocios del mundo. Ese transporte de la particularidad es visible aun cuando no se lleva nada en las manos, cuando lo único que la manifiesta es el visaje esforzado de quien corre por su necesidad.

Pero la señal más clara, para mí, de que cada cual atiende su juego sin tener ojos para nada más, es que yo mismo, sin cartas que barajar ni tratos que componer, veo muy bien el afán de todos sin ser en cambio visto por ninguno.

Y no es que me encuentre yo libre de cuidados, de suerte que me sea permitido contemplar los de los demás desde las alturas de algún Olimpo; no, yo ando como todos por un valle de trabajos, sólo que de tarde en tarde me ocurre perder el rumbo y sentarme al borde del camino, no tanto para descansar como para no estorbar el paso de los otros. Y es con el sentimiento del propio extravío como veo a los demás pasar, cierto cada cual de sus pisadas y firme en la determinación de sus propósitos. Por eso, cuando por la ventana del café percibo cómo va cada cual a lo suyo, no me creo por encima de ellos, sino que mirándolos me anego de algo muy semejante a la envidia.

Sin embargo, ¿por qué he debido aclarar que no me siento superior a los que corren tras su interés? Pues porque el interés es la manifestación de una particularidad, y he aquí que toda particularidad es fea. Por eso, cuando es posible se la esconde, se la recluye en el ámbito de lo privado. Hay en ella algo de contrahecho, algo que huele mal y que sólo puede deparar gusto a su propio dueño, hallándose este en situación de intimidad; caso contrario, sólo puede suscitarle vergüenza.

Obsérvese, a propósito de este asunto, que los que se exponen contentos de sí son los que no han notado llevar rasgos especiales; aquellos cuya fisonomía es tal que cada uno de sus trazos resulta neutralizado por un correspondiente trazo opuesto; aquellos cuyas facciones y cuyo cuerpo muestran una disposición simétrica, y ninguna diferencia respecto del tipo de la especie. Esa simetría, esa indiferencia, no son otra cosa que la belleza; esta, pues, es de naturaleza negativa; constituye el fondo contra el que destaca todo rasgo singular, el cual, entonces, es feo por el solo hecho de existir. Recíprocamente, lo que existe, lo real propiamente dicho, lo positivo, es la fealdad.

Obsérvese, por otra parte, que si pocas veces se advierte esta verdad, es por la fuerza de la costumbre, que envuelve la vida de cada cual de una pública y diaria exhibición de particularidades, con lo cual llegan a ser tan imperceptibles como la presión atmosférica, que nos agobiaría mortalmente si no hubiésemos sido modelados por ella. Agréguese que la forzosa tolerancia con que nos conducimos a este respecto se ve facilitada por ciertas reglas de urbanidad y cortesía que nos mueven a disimular lo que de estrictamente particular hay en nuestras vidas. Esa disposición, a la que concurren los progresos de la medicina así como las industrias de la vestimenta y los cosméticos, con sus correspondientes actividades de propaganda, extiende un manto de uniformidad sobre la vida colectiva y relega a un segundo plano las diferencias individuales, las mismas que saltan a la vista en cualquiera de los cuadros de Brueghel que registran la vida cotidiana en el siglo XVI: la deformidad de los cuerpos y de las almas que es normal cuando reina la particularidad.

De modo que cuando veo que todos van cada cual a lo suyo, no me creo exento de esa populosa fealdad; sé muy bien que si yo no voy a lo mío no es porque vaya a lo sublime, sino porque no voy a ninguna parte.

¿Habrá manera, sin embargo, de ir a alguna parte sin ir a lo suyo, sin hozar el sendero con la avidez torpe de un estómago que camina? Si alguien fuese a lo sublime, ¿no llevaría otro paso y otro gesto que el de la marcha diaria de la mayoría?

Pero, ¿qué significa “ir a lo sublime”? Esa palabrita apareció por mi pluma sin que la llamase, y para saber qué quise decir visito el diccionario: “...Excelso, eminente, de elevación extraordinaria. U. m. en sentido figurado aplicado a cosas morales o intelectuales. Se dice especialmente de las producciones literarias o artísticas que tienen por caracteres distintivos grandeza y sencillez admirables. Se aplica también a las personas. Orador, escritor, pintor sublime.”

Advierto, pues, que no me propuse enfrentar a lo feo de la particularidad algo meramente bello, algo que fuera sólo una negación, algo que se redujera a una generalidad abstracta; en verdad, no tuve en cuenta la fealdad de lo particular sino cuanto resulta una expresión de lo mezquino, y he aquí que la repulsión de lo mezquino se halla ligada a una apetencia de lo grande, a una necesidad que no es padecida como un ensueño estético sino como un acicate doloroso, cuyo imperio puede ser no menos intenso que el del hambre y la sed. Se trata de un apetito que es más frecuente que lo que dejaría suponer el espectáculo de los negocios humanos y que, por ello, cualquiera -quien más, quien menos- ha experimentado alguna vez. Sucede en ocasiones que, de las muchas cosas que podemos hacer, ninguna nos llama a la acción más que las otras; y no porque, habiéndonos propuesto una meta, no sepamos cuál maniobra nos conduce mejor hacia ella, sino porque es el caso que se nos ha desdibujado toda meta y entonces resulta que cualquier dirección equivale a las demás, por lo que viene a ser lo mismo dar un paso que no dar ninguno. Y no es necesario, para que nos hallemos sumidos en una situación semejante, que nos acometa una gran perplejidad acerca del curso que llevamos en la vida; por cierto, esa desorientación vital es enteramente posible, pero en verdad basta con que nos encontremos aburridos para que suframos, y no sin intensidad, un estado de ánimo como el descripto.

En otras ocasiones sucede que no atinamos con lo que hemos de hacer, pero no por lo dilatado del campo de posibilidades que se nos ofrece, sino por su angostura, la que llega a ser tal que nos aprieta hasta el ahogo. Ahora no se trata de que todas las cosas sean equivalentes por transparencia y vacuidad, sino de que no hay cosas, porque todas se funden en una materia pesada y oscura que nos suelda los pies y nos doblega el alma. Es lo que nos embarga cuando sentimos que algo ominoso aunque no definido está por ocurrir, y que es inevitable.

Y bien, en ninguna de esas circunstancias experimentaríamos un desvanecimiento de nuestro ser si este perteneciera por completo a ellas, si el ámbito de esas situaciones contuviera enteramente la persona que somos. Pero acontece lo contrario, porque la persona que somos nunca coincide con las cosas entre las que despliega su afán, ni se reduce al lugar que ocupa entre esas cosas, ni su tiempo es sólo el que el reloj adjudica a cada una de sus operaciones. No nos conformamos con el ser de bulto que nos es propio; su forma está en otra parte, aunque no sepamos dónde. Y si reconocemos como propio ese ser gravoso, es porque de alguna no explicada manera podemos considerarlo desde fuera (nos gustaría decir: “desde arriba”), de lo que viene a resultar, sin duda paradójicamente, que ese ser macizo no nos es del todo propio, que desde cierto punto de vista es más bien ajeno.

Una demanda de lo alto nos constituye, pues, no menos que una marcada inscripción entre los objetos materiales. Esa demanda es un modo de la magnanimidad, pero no el que consiste en una benevolencia para con culpas o deudas, sino el que se abre a una generosidad impaciente que no quiere prestar atención a pequeñeces como los manejos políticos y las transacciones inmobiliarias. No nos sentimos miembros plenarios de la plaza ni del mercado; algo esencial de lo que somos pertenece a otro dominio, universal, ciertamente, pero no público.

No cabemos, entonces, en nosotros mismos, pero no de gozo sino de insatisfacción; vivimos, en fin, desencajados.

Por eso los que van cada cual a lo suyo no van con alegría; bien lo advierto yo, resignadamente, cuando los veo pasar tras la ventana del café.

Para recuperar la alegría tendríamos que ir a lo de todos, al matutino lugar en el que todos somos el mismo: allí donde resplandecen las formas y no hemos olvidado todavía saltar y jugar, y andar por el aire, y movernos con mucho donaire.

De muy otra manera iría el mundo si cada cual dirigiera sus pasos no a lo suyo, que huele a encierro, sino a ese huerto de trinos y de luces que todos llevamos en el fondo.

© LA GACETA

Samuel Schkolnik - Escritor, doctor en Filosofía, profesor titular de Etica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.


martes, 11 de noviembre de 2008

La sociedad argentina fomenta la avivada

Punto de vista I. Por Nicolás Zavadivker. Filósofo - Autor de “Una ética sin fundamentos”.

Son muchas las causas que concurren en la actual crisis moral e institucional que aqueja a la Argentina. Una de ellas es la proliferación de actos inspirados en la llamada viveza criolla, esa astucia para la chantada a la que tantas veces nos referimos con curioso orgullo.

La viveza busca el provecho propio recurriendo al medio más eficaz para realizar sus fines, sin reparar en la moralidad de ese medio. Así, en tanto que pretende adueñarse de lugares que no le corresponden, suele atentar o contra el principio de igualdad, como cuando saltea una cola en un banco, o contra el de mérito, como cuando obtiene un cargo público sin otra razón que la de un parentesco (a menos que se considere, claro está, que tener un familiar bien ubicado es una especie de mérito del que cabe presumir).

La motivación de la viveza debe buscarse en el egoísmo, que persigue el bien propio con indiferencia de si redunda en un mal ajeno. Para actuar con éxito, la viveza coloca la inteligencia -productora de los más altos logros de la especie- al servicio de intereses individuales, obteniendo una imagen pobre y deformada del mundo, que no obstante le permite conducirse. Para alcanzar sus fines, esa sofisticación del egoísmo que es la viveza se ve forzada a otorgarle un lugar al conocimiento, pero sólo en la medida en que este le resulta útil para manipular.

La viveza no es mala solamente por los males que produce en forma inmediata, sino también por sus efectos corrosivos sobre las personas morales. Así, quien intenta ayudar a alguien y se ve estafado en su buena fe posiblemente se hará desconfiado y reticente a preocuparse por los demás, retrayéndose a la seguridad de su núcleo íntimo. Y cuando el avivado sortea con éxito sus obligaciones y maximiza sus beneficios, las personas aún dispuestas a regirse por principios suelen sentirse tontas, y muchas veces terminan resignándose a imitar las estrategias del pícaro.

Hay al menos dos formas en que la sociedad argentina fomenta la avivada. En primer lugar, considerándola una suerte de virtud (digamos: una forma exitosa de conducirse en la vida), cuando desde el punto de vista del interés social y de la moral constituye un defecto. Esta convalidación de la viveza puede corroborarse desde el guiño cómplice ante una coima hasta en la admiración incondicional por quienes alcanzaron el panteón de los ricos y famosos, independizando ese logro de los oscuros medios por los que algunos lo alcanzaron. No faltan las expresiones sociales que reflejan (y promueven) esa valoración: desde el viejo Vizcacha y sus consejos cínicos hasta el pequeño chanta que tanto nos simpatiza inmortalizado por Alberto Olmedo.

En segundo lugar, la fuente de la inobservancia de las reglas debe buscarse en el propio Estado y en las instituciones. Estos a veces generan una presión tan asfixiante que fomentan en el individuo la búsqueda de una alternativa personal que mitigue el calvario. Tal es el caso, por ejemplo, de una exigencia impositiva desmedida, o de algunos trámites interminables o que exigen requisitos cercanos a la sinrazón. Dadas estas situaciones, en las que el individuo percibe su desobediencia como un acto de justicia, lo razonable es modificar los aspectos opresivos del sistema, a través de un adecuado rediseño institucional.

Una última advertencia: dada la hipocresía reinante, es sano desconfiar del lugar desde el que se fustiga estos comportamientos. Lamentablemente, muchas veces la queja contra la corrupción se realiza desde el resentimiento de quien no ha podido entrar en el arreglo. En ese caso, lejos del aura de moralidad que invoca la denuncia, esta resulta ser una expresión tan negativa de legitimación de la viveza como aquella a la que simula oponerse.

LA GACETA