domingo, 30 de diciembre de 2007
sábado, 22 de diciembre de 2007
El Blog informa
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Teoria del Pene
La prueba de que la naturaleza no posee la maestría que nuestra emoción quiere a veces adjudicarle es la existencia de ese ridículo pedacito colgante, órgano externo y bamboleante, ridiculez paradógica que quiere representar el poder de la virilidad y pone en evidencia en cambio la volubilidad y la fragilidad del macho.
Es que parece absurdo: ¿qué es ese pedacito en vaivén (mal planeado, prueba de la inexistencia de Dios), esa colgadura desasosegada, ese bobezno habitante de calzoncillos, cuando no flotador golpeteante de las carreras en estado de desnudez? Si hasta podría esbozarse una teoría según la cual el paso de la desnudez primaria al estado de cultura hubiera obedecido a la simple compasión por el caidito que causaba gracia y pena. Hemos acentuado el vigor de su erección, y es cosa inobjetable, sensibilidad extrema, fuerza convencida y gozosa de sí, poder procreativo, etc, pero en su existencia corriente el flácido es un poco demasiado vulnerable , digamos la verdad. Ni hablar de las sacudidas que la mayor parte de los hombres le infligen después de orinar para largue la última gotita: si no fuera tan universal ese gesto sería un hallazgo cómico.
Detrás de cada gesto adusto, de cada rostro cargado de importancia, hay un ridículo pedacito de carne desilusionado. Para producir esta imagen de contraste la simbología popular ha hecho mucho hincapié en el culo como cosa abochornante, verdad defecante capaz de contraponerse a la espiritualidad de la personalidad, y de ponerla en evidencia como falsa, movimiento vulgarizador justificado sólo en los casos en los que sirve para denunciar alguna actitud hipócrita. Pero es en el pene en donde la personalidad ofrece un frente distinto. El culo está atrás, es la espalda animal del sujeto organizado, pero el pene está adelante, y es un incongruente pedacito de animalidad desencontrada.
Nada que ver con una extremidad: con un brazo, con una pierna, músculo, tendón, dedos, habilidades infinitas. El dedo único del pubis es un apéndice con un solo movimiento automático. Su obediencia a la voluntad es extremadamente relativa, pudiendo sólo intentarse darle órdenes por vía indirecta o imaginaria. Aun en el caso de la micción, el tipo de órden -o sugerencia- que se le dirige, es indirecta, en este caso a causa de su dependencia de otro órgano guardado en el interior.
Publicado por Alejandro Rozitchner
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domingo, 2 de diciembre de 2007
Eros, el deseo
Tiene algo de inquietante reflexionar sobre la complejidad de la naturaleza humana; ningún saber parece totalmente adecuado para hacerlo; así, para ahondar en ella con algunos frutos construimos una metáfora a partir de un mito platónico. La metáfora, en tanto ejerce cierta violencia sobre la representación habitual de la realidad, es útil para esclarecer e innovar significados. En El Banquete, Platón nos cuenta por boca de Diotima la naturaleza de Eros, el amor. Eros no es un dios, es un ser intermedio, un daimon, pequeño geniecillo que intercede en el comercio entre los hombres y los dioses. Eros es indigente, enamorado de la belleza y de la sabiduría; pero no es ni bello ni sabio. Hijo de Poros, la abundancia, y de Penía, la pobreza, fue concebido en el jardín de Zeus.
La naturaleza de Eros es una herencia de sus padres. Por su madre es pobre, rudo, escuálido, anda descalzo, carece de hogar y duerme en los caminos. Por línea paterna es valeroso, intrépido, viril, seductor; persigue la belleza y es pródigo en recursos y astucias. El mito platónico dice que Eros es deseo, y el deseo es carencia, impulso hacia algo que no se posee. Así, su ímpetu lo conduce a engendrar en la belleza y en la sabiduría a fin de perdurar. Mientras su pobreza e incompletitud lo empujan en la búsqueda de lo que le falta, los recursos y astucias le permiten intimar con los dioses, pero sin llegar a ser uno de ellos.
Si dejamos el lenguaje metafórico y nos acercamos a la antropología, encontramos grandes semejanzas entre Eros y nosotros. Por la pobreza heredada de Penía, su madre, somos mendicantes, frágiles y pobres criaturas descalzas, carentes de piel para protegernos del frío, de garras para defendernos; vivimos sometidos a la enfermedad y a la muerte. Sin embargo, tenemos de Poros, su padre, la riqueza de los recursos y el ímpetu necesario para sobrepasar la indigencia; además de osadía y astucia para lograr objetivos. Eros, como el hombre, es una flecha tendida hacia el universo en el intento de poseerlo.
Ahora bien, una consigna rige este universo en el que habitamos: conocer para vivir. La especie que no intercambia información con su medio, perece. En el animal, el deseo lo motoriza a buscar alimento, cobijo y procreación; en el hombre, animal inteligente, ese deseo, esa tensión hacia lo otro de sí, propio de lo vivo, se metamorfosea para ser, de modo semejante al carnal, deseo del espíritu. En el proceso evolutivo nuestra especie alcanza la inteligencia abstracta y el lenguaje, y con ello, el impulso hacia lo deseado, misterioso e irrefrenable, se transforma -como lo señaló Aristóteles- en amor al conocimiento.
Con lenguaje el hombre interpreta el mundo y se interpreta a sí mismo; este fenómeno dio como resultado las civilizaciones del planeta. La estructura conceptual lo conduce a captar un orden y a imponerle un sentido al transcurrir de la naturaleza. Todo el saber -la audacia de Eros para procrear en la sabiduría- es un intento de leer correctamente la inagotable realidad. Y estos representan uno de los riesgos de nuestra condición de intermediarios y deseantes: la sobrevivencia de nuestra especie en el planeta depende de la lectura de esos datos.
Deseo corpóreo y eternidad
El tema del deseo, abordado por Freud, no ha sido indiferente a la filosofía. Paul Ricoeur sostiene que somos “carne de deseo”, pero esta condición no nos encierra en nosotros mismos, más bien, por ser una carencia, se transforma en fuerza creadora, desborda de sí misma, busca fuera de sí. Nuestro cuerpo, la pobreza heredada de Penía, además de recluirnos a un espacio y atarnos a la temporalidad, nos permite experimentar el dolor y nos promete la muerte. A su vez, osados como Poros, somos un reservorio de sentidos que nos abren a la interpretación del universo. La opacidad del deseo, siempre latente, el ir de una cosa a otra, sin sosiego, es sólo la prueba de nuestra condición finita, carnal, corpórea. Nuestro cuerpo es lo que nos clava a la tierra; es el polvo que somos, según el mandato bíblico. Somos Adán, como dice el Antiguo Testamento, y Adán quiere decir polvo.
Por eso Eros, el deseo, del que habla Platón y la filosofía, se inicia en el cuerpo; es deseo corpóreo por una razón muy simple: somos una especie biológica más y debemos buscar equilibro entre nuestro organismo y el medio externo. Ahora bien, somos cuerpo, pero no sólo cuerpo. Es el gran misterio y la paradoja que cobija la condición humana. Por su estructura deseante el hombre conlleva una permanente aspiración a trascender lo sensible; la pobreza de Penía y, junto a ello, el ímpetu del deseo lo empuja hacia otras latitudes. Entonces, ya no le basta hablar, calcular, reflexionar sobre el mundo; ya no le basta la ciencia, la poesía o la filosofía; digno hijo de Poros, audaz y busca vida, desoyendo la voz de la razón y la prudencia, apunta, más allá de lo perecedero, a lo eterno.
A lo largo de la historia se descubre el itinerario de sus pretensiones -que no fueron sólo volar o escapar al sino de la temporalidad-, su audacia lo conduce a la búsqueda de un fundamento y, en esa ocupación, llegó a creer que la plenitud de lo divino era el perfecto refugio de su condición itinerante. Esa búsqueda es inevitable -aun cuando fuese ilusoria- y tiene de valiosa la puesta en marcha de su potencia creadora. Si bien no hay garantías de los resultados, la apuesta, como creyó Pascal, vale la pena.
El deseo es la condición para ser hombres. Sujetos deseantes, incompletos, la palabra es guía de ese deseo; engaños y astucias cobran vida también en ella. Para salvarse el hombre engendra -en la sabiduría y en la belleza- la cultura. Son los recursos de Poros, virilidad y seducción, los que hacen de Eros y de nosotros, seres inmensamente ricos. Con inteligencia y astucia, hemos inventado este mundo poblado de música, poesía, religión, arte, ciencia, técnica, filosofía, leyes e instituciones.
Sin embargo, hay un enigmático deseo, escondido y misterioso, que nos coloca en los bordes del lenguaje y al que no le basta la palabra ni le satisfacen los asuntos mundanos. Es un deseo y una palabra que no acierta a ser pronunciada nunca y, entonces, adviene el silencio. Este es el símbolo de la mutilación de Icaro, cuando, para alcanzar a los dioses, quema sus alas contra el sol y cae al vacío. Hace falta una palabra para nombrar lo sagrado, dice el poeta. Los hombres deseamos conocer y nombrar a los dioses; quizás nunca se cumpla ese deseo, pero, como Eros, hechos de pobreza y abundancia, inventando subterfugios para sobrevivir y tratar de ser felices, seguiremos siendo, por siempre, seres deseantes e imperfectos.
Por Cristina Bulacio, para LA GACETA
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La población y la especie
Este hecho, cuyo significado puede generalizarse hasta abarcar el ámbito de todos los negocios humanos, representa a mi entender el problema fundamental que amenaza a la sociedad de los hombres; un problema que gravitó siempre pero que hoy ha llegado a ser punzante, y que cabría formular así: la población no está a la altura de la especie.
Muchas cabezas autorizadas han sostenido que la distancia del caso puede salvarse mediante la educación. Desdichadamente, todo parece indicar que esa propuesta requiere haber resuelto antes el problema. A menos, claro está, que se procure educar a palos, lo que, aparte de contravenir los ideales humanistas de aquellas cabezas, nunca produjo buenos resultados.
Por Samuel Schkolnik, para LA GACETA
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viernes, 16 de noviembre de 2007
Para más de 160 chicos de todo el país, la Filosofía es una pasión
“El tema genera adeptos. Los derechos humanos son una preocupación clave de la sociedad. Trabajamos con textos de filósofos antiguos para analizar, a través de ellos, los problemas actuales que desvelan al hombre cotidiano”, explica Cristian Toledo, de la Escuela Normal y uno de los tucumanos ganadores de las Olimpíadas provinciales.
También la secretaria de Posgrado de la UNT y coordinadora de las Olimpíadas, Susana Maidana, opina que el tópico es convocante, abarcador e interdisciplinario. “Puede ser abordado desde el Derecho, la Filosofía, la Biología y la Literatura. Además es vinculable con hechos concretos de nuestra historia, como las dictaduras militares y la discriminación”, opina.
“Si bien la Filosofía no construye puentes ni edificios, puede hacer cosas importantes, como formar hombres, promover cambios, practicar la sospecha y recuperar el valor de la palabra”, resume Maidana.
Para concretar las ideas que vayan surgiendo a lo largo de la jornada, los participantes de las 23 provincias y Capital Federal presentarán los trabajos que fueron evaluados en las instancias escolares, interescolares y provinciales, y que resultaron galardonados en cada una de esas competencias.
De esta manera, los alumnos competirán en la instancia nacional divididos en comisiones formadas por estudiantes de Polimodal y EGB, se informó desde la Dirección de Comunicación Institucional de la UNT.
Fabián Vera del Barco, uno de los organizadores de la instancia Nacional, dice que el punto de partida son las propias inquietudes de los chicos. “Ellos descubrieron el tema de sus ensayos en diarios, revistas, charlas con amigos, cuentos”, revela.
Y la estudiante Johana Olmos, de Paraná, ratifica las palabras del educador. “No se trata de aprender nombres, fechas y frases de memoria. El desafío es nuestra motivación. Aquí nosotros encontramos un lugar para expresarnos y para elaborar ideas propias”, concluye.
LA GACETA ©
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16:53
Estudiantes sorprendidos por lo cotidiano vinieron a filosofar
Una “cumbre” de jóvenes filósofos puestos a discutir sobre valores, ética, el buen gobierno o la naturaleza humana se desarrolla desde ayer en Horco Molle. Desde lugares tan lejanos como Tierra del Fuego llegaron los participantes de la Olimpíada de Filosofía de la República Argentina.
Este año, la Olimpíada reúne 47 estudiantes de Polimodal y 29 de EGB 3 de todas las provincias, que abordan problemáticas relacionadas con los Derechos Humanos, desde la antropología, la sociología, la ética o la filosofía política.
Victoria Primak cruzó casi todo el territorio nacional para presentar su ensayo sobre Derechos Humanos en el medio ambiente. Para la estudiante de 13 años, la elección del tema fue también un camino de descubrimiento. En Tierra del Fuego, el debilitamiento de la capa de ozono es un problema grave, y por allí empezó su investigación. “A medida que me fui metiendo en el tema, me interesó la situación de Africa, uno de los continentes que menos contamina y a la vez uno de los que más aporta para evitar que se destruya la capa de ozono”, contó. A partir de allí, surgió la reflexión acerca de hasta dónde el progreso tecnológico es un retroceso en términos medioambientales. “Quizás el hombre está destinado a progresar, pero hay que pensar bajo qué circunstancias”, dijo.
A veces, un tema se impone por su peso en lo cotidiano. Así le ocurrió a la rosarina María Eugenia Burlón, un día en que detuvo unos minutos el zapping en un canal de información y quedó impactada por el tratamiento que se le daba a una noticia policial. En su ensayo sobre Responsabilidad Social en el Periodismo, la estudiante de 17 años se pregunta por qué quienes tienen la responsabilidad de informar eligen presentar las noticias de una cierta manera, por qué se muestran algunas cosas y otras no, o cómo se eligen los temas. “El derecho a la información sólo es posible cuando el periodista pone en juego su objetividad y su ética”, dijo. “Es posible -reflexionó- pero aún falta mucho”.
Matías Dupleich y Juan Ignacio Bonillo eligieron temas clásicos de la Filosofía. Matías, de 15 años, estudia en Concordia, Entre Ríos, y presentará un ensayo sobre el origen de la desigualdad social, política y económica. Para ello, tuvo que abordar a los teóricos del Estado, como Locke, Hobbes y Rousseau. “Encontré en la propiedad privada, que postula John Locke, el origen de la desigualdad, y en la propuesta de Carlos Marx una posible solución, aunque esto genera otro tipo de desigualdades”, explica. Juan Ignacio, de Pergamino, Buenos Aires, se da el lujo de debatir con los clásicos. “El hombre en estado natural no es bueno ni malo. Hobbes y Rousseau, por ejemplo, le atribuyen algún valor al hombre en estado natural, y lo que yo intento demostrar es que los seres humanos tienen libertad para actuar, para elegir”, dice en su ensayo sobre los valores y la libertad humana.
Una metodología original
“Lo original de nuestra propuesta es la metodología. Los chicos no rinden un examen escrito, como ocurre en otras olimpíadas, sino que elaboran un ensayo filosófico, lo exponen y luego responden las preguntas de un jurado integrado por profesores de Filosofía y las del público”, contó María José Cisneros, del equipo de capacitadores.LA GACETA
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