domingo, 23 de noviembre de 2008

Homenaje a Víctor Massuh





UN INTELECTUAL GENEROSO. Massuh concebía al filósofo como alguien llamado a encontrar, en un mundo que se desintegra, nuevas experiencias de la verdad, del bien, de la belleza y de lo sagrado.

Con motivo del reciente fallecimiento de filósofo tucumano Víctor Massuh, el suplemento La Gaceta Literaria, principal diario de la provincia, en su última edición homenajea al pensador, con quien mantuvo una estrecha relación desde sus inicios, en una serie de artículos destacados a continuación.

Un Pensador presente

Por Santiago Kovadloff

Acerca de 1949 y una amistad de seis décadas

Por Daniel Alberto Dessein

El filósofo, Tucumán y un remolino de recuerdos

Por María Eugenia Valentié

Tucumán, huellas de una utopía

Este artículo forma parte de una serie de apuntes autobiográficos que el filósofo publicó en LA GACETA Literaria en 2006. 

A la búsqueda de lo auténtico

Por Lucía Piossek Prebisch

Nuestro aporte filosófico mayor

Por Abel Posse

El ros­tro que­bra­do del hom­bre

Víctor Massuh, 1924-2008. Este artículo fue publicado por el pensador tucumano en estas columnas, el 18 de diciembre de 1950.






miércoles, 19 de noviembre de 2008

Murió en Buenos Aires el filósofo Víctor Massuh


El filósofo tucumano Víctor Massuh murió ayer a los 84 años en la ciudad de Buenos Aires, donderesidía. Sus restos fueron velados en su domicilio, y serán inhumados hoy en el cementerio Jardín de la Paz, en Pilar. La comunidad intelectual de Tucumán quedó conmovida por la noticia del deceso del ensayista, diplomático y colaborador permanente de LA GACETA Literaria.


Massuh había nacido el 25 de febrero de 1924 en San Miguel de Tucumán; había estudiado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, donde también se doctoró. Ejerció la docencia en numerosas universidades argentinas; fue miembro de numerosas academias y desarrolló una vasta obra filosófica. También cubrió funciones diplomáticas, como la de embajador de la Argentina ante la UNESCO. Al margen de su destacada trayectoria intelectual, fue, según sus amigos, un tucumano que siempre volvía a su provincia y que privilegiaba la amistad por sobre todas las cosas.

La Gaceta

lunes, 17 de noviembre de 2008

Sin prisa y con pausa

Cada cual pasa a lo suyo, y yo, que los veo por la ventana del café sin saber qué es lo mío, ni si algo lo es, me pregunto cómo sé que aquello a lo que cada cual va es precisamente lo suyo y no lo de cualquiera. La pregunta viene a cuento de que ese modo de ir parece determinar cómo va el mundo, el que iría de muy otra manera si cada cual no fuera tan metido en su pellejo.

La primera señal de que cada uno va muy a lo suyo es la premura con que va. Las más veces lo que se nota es el apuro de su marcha, pero en ocasiones se trata de un apremio que le contrae el gesto, asemejándolo al de quien camina contra el viento.

La segunda señal de que a cada uno lo empujan asuntos propios es que casi no hay transeúnte que no vaya agarrado a cierto avío -una carpeta, una bolsa de compras, un portafolio-en el que lleva sus cosas, la materia de sus intereses, la parte, en fin, que le toca en los negocios del mundo. Ese transporte de la particularidad es visible aun cuando no se lleva nada en las manos, cuando lo único que la manifiesta es el visaje esforzado de quien corre por su necesidad.

Pero la señal más clara, para mí, de que cada cual atiende su juego sin tener ojos para nada más, es que yo mismo, sin cartas que barajar ni tratos que componer, veo muy bien el afán de todos sin ser en cambio visto por ninguno.

Y no es que me encuentre yo libre de cuidados, de suerte que me sea permitido contemplar los de los demás desde las alturas de algún Olimpo; no, yo ando como todos por un valle de trabajos, sólo que de tarde en tarde me ocurre perder el rumbo y sentarme al borde del camino, no tanto para descansar como para no estorbar el paso de los otros. Y es con el sentimiento del propio extravío como veo a los demás pasar, cierto cada cual de sus pisadas y firme en la determinación de sus propósitos. Por eso, cuando por la ventana del café percibo cómo va cada cual a lo suyo, no me creo por encima de ellos, sino que mirándolos me anego de algo muy semejante a la envidia.

Sin embargo, ¿por qué he debido aclarar que no me siento superior a los que corren tras su interés? Pues porque el interés es la manifestación de una particularidad, y he aquí que toda particularidad es fea. Por eso, cuando es posible se la esconde, se la recluye en el ámbito de lo privado. Hay en ella algo de contrahecho, algo que huele mal y que sólo puede deparar gusto a su propio dueño, hallándose este en situación de intimidad; caso contrario, sólo puede suscitarle vergüenza.

Obsérvese, a propósito de este asunto, que los que se exponen contentos de sí son los que no han notado llevar rasgos especiales; aquellos cuya fisonomía es tal que cada uno de sus trazos resulta neutralizado por un correspondiente trazo opuesto; aquellos cuyas facciones y cuyo cuerpo muestran una disposición simétrica, y ninguna diferencia respecto del tipo de la especie. Esa simetría, esa indiferencia, no son otra cosa que la belleza; esta, pues, es de naturaleza negativa; constituye el fondo contra el que destaca todo rasgo singular, el cual, entonces, es feo por el solo hecho de existir. Recíprocamente, lo que existe, lo real propiamente dicho, lo positivo, es la fealdad.

Obsérvese, por otra parte, que si pocas veces se advierte esta verdad, es por la fuerza de la costumbre, que envuelve la vida de cada cual de una pública y diaria exhibición de particularidades, con lo cual llegan a ser tan imperceptibles como la presión atmosférica, que nos agobiaría mortalmente si no hubiésemos sido modelados por ella. Agréguese que la forzosa tolerancia con que nos conducimos a este respecto se ve facilitada por ciertas reglas de urbanidad y cortesía que nos mueven a disimular lo que de estrictamente particular hay en nuestras vidas. Esa disposición, a la que concurren los progresos de la medicina así como las industrias de la vestimenta y los cosméticos, con sus correspondientes actividades de propaganda, extiende un manto de uniformidad sobre la vida colectiva y relega a un segundo plano las diferencias individuales, las mismas que saltan a la vista en cualquiera de los cuadros de Brueghel que registran la vida cotidiana en el siglo XVI: la deformidad de los cuerpos y de las almas que es normal cuando reina la particularidad.

De modo que cuando veo que todos van cada cual a lo suyo, no me creo exento de esa populosa fealdad; sé muy bien que si yo no voy a lo mío no es porque vaya a lo sublime, sino porque no voy a ninguna parte.

¿Habrá manera, sin embargo, de ir a alguna parte sin ir a lo suyo, sin hozar el sendero con la avidez torpe de un estómago que camina? Si alguien fuese a lo sublime, ¿no llevaría otro paso y otro gesto que el de la marcha diaria de la mayoría?

Pero, ¿qué significa “ir a lo sublime”? Esa palabrita apareció por mi pluma sin que la llamase, y para saber qué quise decir visito el diccionario: “...Excelso, eminente, de elevación extraordinaria. U. m. en sentido figurado aplicado a cosas morales o intelectuales. Se dice especialmente de las producciones literarias o artísticas que tienen por caracteres distintivos grandeza y sencillez admirables. Se aplica también a las personas. Orador, escritor, pintor sublime.”

Advierto, pues, que no me propuse enfrentar a lo feo de la particularidad algo meramente bello, algo que fuera sólo una negación, algo que se redujera a una generalidad abstracta; en verdad, no tuve en cuenta la fealdad de lo particular sino cuanto resulta una expresión de lo mezquino, y he aquí que la repulsión de lo mezquino se halla ligada a una apetencia de lo grande, a una necesidad que no es padecida como un ensueño estético sino como un acicate doloroso, cuyo imperio puede ser no menos intenso que el del hambre y la sed. Se trata de un apetito que es más frecuente que lo que dejaría suponer el espectáculo de los negocios humanos y que, por ello, cualquiera -quien más, quien menos- ha experimentado alguna vez. Sucede en ocasiones que, de las muchas cosas que podemos hacer, ninguna nos llama a la acción más que las otras; y no porque, habiéndonos propuesto una meta, no sepamos cuál maniobra nos conduce mejor hacia ella, sino porque es el caso que se nos ha desdibujado toda meta y entonces resulta que cualquier dirección equivale a las demás, por lo que viene a ser lo mismo dar un paso que no dar ninguno. Y no es necesario, para que nos hallemos sumidos en una situación semejante, que nos acometa una gran perplejidad acerca del curso que llevamos en la vida; por cierto, esa desorientación vital es enteramente posible, pero en verdad basta con que nos encontremos aburridos para que suframos, y no sin intensidad, un estado de ánimo como el descripto.

En otras ocasiones sucede que no atinamos con lo que hemos de hacer, pero no por lo dilatado del campo de posibilidades que se nos ofrece, sino por su angostura, la que llega a ser tal que nos aprieta hasta el ahogo. Ahora no se trata de que todas las cosas sean equivalentes por transparencia y vacuidad, sino de que no hay cosas, porque todas se funden en una materia pesada y oscura que nos suelda los pies y nos doblega el alma. Es lo que nos embarga cuando sentimos que algo ominoso aunque no definido está por ocurrir, y que es inevitable.

Y bien, en ninguna de esas circunstancias experimentaríamos un desvanecimiento de nuestro ser si este perteneciera por completo a ellas, si el ámbito de esas situaciones contuviera enteramente la persona que somos. Pero acontece lo contrario, porque la persona que somos nunca coincide con las cosas entre las que despliega su afán, ni se reduce al lugar que ocupa entre esas cosas, ni su tiempo es sólo el que el reloj adjudica a cada una de sus operaciones. No nos conformamos con el ser de bulto que nos es propio; su forma está en otra parte, aunque no sepamos dónde. Y si reconocemos como propio ese ser gravoso, es porque de alguna no explicada manera podemos considerarlo desde fuera (nos gustaría decir: “desde arriba”), de lo que viene a resultar, sin duda paradójicamente, que ese ser macizo no nos es del todo propio, que desde cierto punto de vista es más bien ajeno.

Una demanda de lo alto nos constituye, pues, no menos que una marcada inscripción entre los objetos materiales. Esa demanda es un modo de la magnanimidad, pero no el que consiste en una benevolencia para con culpas o deudas, sino el que se abre a una generosidad impaciente que no quiere prestar atención a pequeñeces como los manejos políticos y las transacciones inmobiliarias. No nos sentimos miembros plenarios de la plaza ni del mercado; algo esencial de lo que somos pertenece a otro dominio, universal, ciertamente, pero no público.

No cabemos, entonces, en nosotros mismos, pero no de gozo sino de insatisfacción; vivimos, en fin, desencajados.

Por eso los que van cada cual a lo suyo no van con alegría; bien lo advierto yo, resignadamente, cuando los veo pasar tras la ventana del café.

Para recuperar la alegría tendríamos que ir a lo de todos, al matutino lugar en el que todos somos el mismo: allí donde resplandecen las formas y no hemos olvidado todavía saltar y jugar, y andar por el aire, y movernos con mucho donaire.

De muy otra manera iría el mundo si cada cual dirigiera sus pasos no a lo suyo, que huele a encierro, sino a ese huerto de trinos y de luces que todos llevamos en el fondo.

© LA GACETA

Samuel Schkolnik - Escritor, doctor en Filosofía, profesor titular de Etica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.


martes, 11 de noviembre de 2008

La sociedad argentina fomenta la avivada

Punto de vista I. Por Nicolás Zavadivker. Filósofo - Autor de “Una ética sin fundamentos”.

Son muchas las causas que concurren en la actual crisis moral e institucional que aqueja a la Argentina. Una de ellas es la proliferación de actos inspirados en la llamada viveza criolla, esa astucia para la chantada a la que tantas veces nos referimos con curioso orgullo.

La viveza busca el provecho propio recurriendo al medio más eficaz para realizar sus fines, sin reparar en la moralidad de ese medio. Así, en tanto que pretende adueñarse de lugares que no le corresponden, suele atentar o contra el principio de igualdad, como cuando saltea una cola en un banco, o contra el de mérito, como cuando obtiene un cargo público sin otra razón que la de un parentesco (a menos que se considere, claro está, que tener un familiar bien ubicado es una especie de mérito del que cabe presumir).

La motivación de la viveza debe buscarse en el egoísmo, que persigue el bien propio con indiferencia de si redunda en un mal ajeno. Para actuar con éxito, la viveza coloca la inteligencia -productora de los más altos logros de la especie- al servicio de intereses individuales, obteniendo una imagen pobre y deformada del mundo, que no obstante le permite conducirse. Para alcanzar sus fines, esa sofisticación del egoísmo que es la viveza se ve forzada a otorgarle un lugar al conocimiento, pero sólo en la medida en que este le resulta útil para manipular.

La viveza no es mala solamente por los males que produce en forma inmediata, sino también por sus efectos corrosivos sobre las personas morales. Así, quien intenta ayudar a alguien y se ve estafado en su buena fe posiblemente se hará desconfiado y reticente a preocuparse por los demás, retrayéndose a la seguridad de su núcleo íntimo. Y cuando el avivado sortea con éxito sus obligaciones y maximiza sus beneficios, las personas aún dispuestas a regirse por principios suelen sentirse tontas, y muchas veces terminan resignándose a imitar las estrategias del pícaro.

Hay al menos dos formas en que la sociedad argentina fomenta la avivada. En primer lugar, considerándola una suerte de virtud (digamos: una forma exitosa de conducirse en la vida), cuando desde el punto de vista del interés social y de la moral constituye un defecto. Esta convalidación de la viveza puede corroborarse desde el guiño cómplice ante una coima hasta en la admiración incondicional por quienes alcanzaron el panteón de los ricos y famosos, independizando ese logro de los oscuros medios por los que algunos lo alcanzaron. No faltan las expresiones sociales que reflejan (y promueven) esa valoración: desde el viejo Vizcacha y sus consejos cínicos hasta el pequeño chanta que tanto nos simpatiza inmortalizado por Alberto Olmedo.

En segundo lugar, la fuente de la inobservancia de las reglas debe buscarse en el propio Estado y en las instituciones. Estos a veces generan una presión tan asfixiante que fomentan en el individuo la búsqueda de una alternativa personal que mitigue el calvario. Tal es el caso, por ejemplo, de una exigencia impositiva desmedida, o de algunos trámites interminables o que exigen requisitos cercanos a la sinrazón. Dadas estas situaciones, en las que el individuo percibe su desobediencia como un acto de justicia, lo razonable es modificar los aspectos opresivos del sistema, a través de un adecuado rediseño institucional.

Una última advertencia: dada la hipocresía reinante, es sano desconfiar del lugar desde el que se fustiga estos comportamientos. Lamentablemente, muchas veces la queja contra la corrupción se realiza desde el resentimiento de quien no ha podido entrar en el arreglo. En ese caso, lejos del aura de moralidad que invoca la denuncia, esta resulta ser una expresión tan negativa de legitimación de la viveza como aquella a la que simula oponerse.

LA GACETA

jueves, 30 de octubre de 2008

El Valor de la Información en la Construcción Social de la Realidad


El Instituto de Epistemología invita a la conferencia que ofrecerá el Dr. Samuel Schkolnik en el marco de las Jornadas 20º Aniversario Del Departamento De Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Letras. El título de la misma es:

"El Valor de la Información en la Construcción Social de la Realidad".

La misma se llevará a cabo el lunes 3 de noviembre a horas 10.00 en el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán- MUNT (San Martín 1545). La conferencia estará precedida por una breve presentación de las últimas publicaciones del Instituto de Epistemología editadas por el Departamento de Publicaciones de nuestra Facultad.

domingo, 26 de octubre de 2008

La filosofía: un mismo coloquio en variada geografía

IMANUEL KANT Y PARAMENIDES. El exitoso IX Coloquio Bariloche de Filosofía reunió este año, entre sus 300 asistentes, al filósofo norteamericano Robert Brandom y a Alexander Mourelatos, tal vez el más reconocido lector del Poema de Parménides en la actualidad.


El mundo de la filosofía académica –si puede resumirse en un único "mundo", incluso para referirse sólo a su vertiente profesional-universitaria– tiene su sede en los claustros, pero se expande con periodicidad vertiginosa en cartografías dictadas por el deber y por el placer. El deber de comunicar la propia "producción de conocimiento" a los especialistas y discutir hipótesis entre pares y, de ser posible, entre los más entendidos en cada materia (así, se supone, ha de progresar la ciencia). Y el placer de dejar por un momento la personal obsesión, o al menos ponerla un rato en manos de otros, sometidos sus resultados "científicos" al escrutinio de los demás.

Parece ser importante también que la geografía de estos encuentros sea variada y, en ocasiones, exótica. Esto es algo sobre lo que casi nadie –el escritor David Lodge es reconocible excepción– habla abiertamente. Sin embargo, desde el punto de vista de las universidades en la periferia, es evidente que la curiosidad que inspira un sitio alejado de las metrópolis del saber propicia, a menudo, la visita de autoridades filosóficas metropolitanas que de otro modo jamás llegarían a debatir con sus colegas argentinos, brasileños, colombianos, peruanos o chilenos.

El exitoso IX Coloquio Bariloche de Filosofía reunió este año, entre sus 300 asistentes, al filósofo norteamericano Robert Brandom (especialista en filosofía del lenguaje) y a Alexander Mourelatos, tal vez el más reconocido lector del Poema de Parménides en la actualidad. El francés Frédéric Gros participó en Chile, el mes pasado, de un coloquio que organizó la Universidad Diego Portales sobre Foucault y la biopolítica. Uno de los más conocidos y originales expertos en Platón, Thomas Szlézak, disertará en los próximos días en Lima, Perú. Thomas Pangle, quien ha difundido con gran sutileza el pensamiento de Leo Strauss, participó días pasados en Buenos Aires de un coloquio sobre Strauss y Carl Schmitt. Y el medievalista Klaus Reinhardt, en el II Congreso Internacional Cusano de Latinoamérica. El año que viene, un profesor de la Universidad Luterana de Brasil, Valério Rohden, reunirá en Florianópolis a uno de los clubes filosóficos más exclusivos del mundo, formado por los traductores de la Crítica de la razón pura. Traductores de Kant al noruego, al español, al francés, al italiano, al portugués y al inglés americano. En abril, en Natal, sobre las increíbles playas del nordeste brasileño, se celebrará el III Coloquio Internacional de Metafísica.

La expectativa de un paisaje desconocido y anhelado también abre la mente y permite pensar mejor, con mayor lucidez. La cuestión es, como en casi todas las cosas de la vida, hallar el justo medio entre la amplitud de miras y la dispersión completa, y posterior huida en masa de los simposiantes hacia las fuentes naturales –no culturales– del placer. La helenista María das Graças de Moraes Augusto, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, encontró la forma de sortear esta tensión al situar su valioso coloquio anual sobre la República de Platón en el Parque Nacional de Itatiaia, paraíso ubicado en el límite entre Río de Janeiro y Minas Gerais. A suficiente cantidad de kilómetros de Copacabana como para lograr concentrar a los platonistas en Platón.





martes, 14 de octubre de 2008

La ética que Hollywood nos dejó


Con un original y atractivo enfoque, el filósofo estadonidense Stanley Cavell sostiene que en las películas norteamericanas suele darse una percepción de la conducta humana como algo impredecible, y en este sentido, contienen una enseñanza. En una entrevista exclusiva con Ñ, Cavell dice: "Encuentro verdaderas transformaciones metafísicas en los personajes".

Por: Santiago Bardotti


AN AFFAIR TO REMEMBER. Deborah Kerr y Cary Grant, en 1957.


Dicho de manera frívola Stanley Cavell es el filósofo que se atrevió a poner el nombre de Kant junto al de Frank Capra; menos banal es el hecho que escribió varios libros para despejar las dudas que él mismo albergaba. Ante lo sospechoso de un filósofo que ha dedicado su tiempo al cine popular, Cavell mismo invierte la pregunta: 'cómo es posible que una persona cuya educación ha sido moldeada tanto por la frecuentación de los cines como por la lectura llegue a ejercer un oficio que consiste en reflexionar sobre filosofía? Filosofía del lenguaje común, filosofía de la vida cotidiana, los desafíos del escepticismo constituyen la familia de intereses filosóficos de este hombre hijo de emigrados judíos. Embarcado en la tarea, tan atípica en su medio, de una recomposición histórica del pensamiento norteamericano, las figuras de Ralph W. Emerson y Henry David Thoreau le dan a la escritura de Cavell un color característico. La expresión de Emerson "el coraje de ser lo que uno es" explica acaso la dedicación de Cavell a los problemas del cine, como él mismo dice "por lealtad a ciertas versiones más jóvenes de mí mismo". Los libros de Cavell sobre cine, a la par que libros teóricos, son libros que hablan particularmente de un conjunto de películas que aparecen así bajo una maravillosa nueva luz; porque, como él mismo dice, la crítica no debe manejarse con significaciones a priori, sino encontrarlas en cada caso y articularlas en una explicación coherente. Así la crítica se convierte en algo más que una operación técnica especializada: se vuelve un modo de hacer filosofía.

-'Cómo se relacionan las sobrias declaraciones sobre la muerte del cine y su propia idea sobre la desaparición del cine como su condición ontológica?

-No estoy seguro de haber escuchado declaraciones particularmente sobrias sobre la muerte del cine. Declaraciones ebrias, sin duda, y tal vez declaraciones tristes. Todo lo que recuerdo haber dicho de lo que podría llamarse la desaparición del cine es que fue después de descubrir que mi experiencia del cine contemporáneo estadounidense había sufrido una ruptura, que estaba en cuestión, que empecé a escribir sobre cine y que lo hice desde un primer momento con un fervor inequívoco. Eso fue a fines de los 60, en parte, debido a que durante diez años llegaron a estas orillas de forma bastante regular las películas de Rossellini, Antonioni, Fellini, Godard, Resnais y Truffaut. A eso se sumó el descubrimiento de la historia del cine estadounidense en distintos grupos cinematográficos que encontraron seguidores en las universidades. No es raro que en ese medio haya empezado a pensar seriamente que existían cosas como las películas estadounidenses como tales, no sólo películas que habían constituido un registro indispensable y persistente de mi vida, y la de mis amigos y mis padres, desde que tenía ocho años. En cuanto a la sensación de una muerte del cine por los cambios de sus medios físicos –o sea, porque ya no se hacen películas, obras cinematográficas que se hacen con película–, me conformo con esperar (no sé si eso me resulta más fácil o más difícil, dados mis ochenta años) y ver en qué se transforman los hechos de nuestra experiencia, de nuestro goce, de las nuevas tecnologías del cine narrativo en relación con la historia del cine. Creo que por primera vez desde el cine mudo, ahora el cine sonoro tiene una historia, algo tan perdurable y valioso como la historia de la música, la literatura o la pintura. De todos modos, nunca produjo una vanguardia significativa. Lo que pudo parecer que ocupaba ese lugar fue el "cine experimental", que se destacó cuando Hollywood estaba en su peor momento y el cine europeo hacía sentir su presencia. En mi primer libro sobre cine dije que éste era el arte que había evitado el tema del modernismo, o que lo había postergado.

-'El cine puede dar a los estadounidenses ese "pasado cultural común" cuya ausencia usted menciona como una tendencia de su cultura?

-Durante las primeras décadas del cine sonoro podría decirse que el cine contribuyó a brindar un presente cultural común a los estadounidenses. Si eso se va a convertir en un pasado cultural común es algo que va a depender de si las películas sonoras llegan a adquirir una historia, algo que se comparta en el plano cultural en el mismo sentido en que se comparte la novela estadounidense. Pienso que eso sólo sucedería si el cine pasara a formar parte de los programas de estudios de los colegios secundarios. Eso puede ser tan improbable como mi deseo de que la filosofía se enseñe de forma habitual en los colegios.

-'Empezó a interesarle el cine como la expresión artística que mejor representaba a EE.UU.?

-No sé si "mejor", pero me interesaba aclarar que el cine popular estadounidense tenía instancias de auténtica expresión artística.


-'En esas comedias hay un arquetipo de hombre y de mujer?

-Las comedias estadounidenses que más me interesan parecen desafiar, o parodiar, esos arquetipos, a menudo mediante el recurso de hacer al hombre más femenino que la mujer y viceversa. En Luna Nueva, es el hombre, Cary Grant, el que tiene conciencia de su aspecto y del efecto que causa. En La costilla de Adán, Spencer Tracy llora y le enseña a la mujer a llorar. Sin embargo es en el diálogo agresivo y enérgico que comparten a lo largo de una película donde se sostiene la igualdad de inteligencia y percepción entre géneros.

-'Por qué le parece importante complementar, rectificar a Freud con Austin en relación con la idea del "fehlleistungs" o lapsus?

-Me resulta fascinante que dos pensadores que ejercieron una influencia tan decisiva y permanente en mis intereses y trabajos tengan temperamentos tan diferentes como y que, a pesar de ello, coincidan tanto en la percepción de la conducta humana como algo que siempre escapa al control de formas impredecibles mediante lo que solíamos llamar Razón. Los grandes payasos del cine: Chaplin, Keaton, los hermanos Marx, descubrieron y demostraron que la conducta animal podía sobrevivir a sus desórdenes con cierta felicidad en un mundo de circunstancias fortuitas.

-Usted sostiene que el cine popular puede ayudarnos a entender filosofía, 'qué puede enseñar un filósofo como Wittgenstein sobre la vida cotidiana?
A prestarnos atención. -'Por qué pueden gustarnos las películas malas, pero no tanto los libros malos y casi nada la mala filosofía?

-En algún momento dije algo sobre eso. Ahora, sin embargo, antes de contestar tendría que saber qué se considera una mala película ('aburrida? 'improvisada? 'con buena fotografía pero mal guión o una actuación pobre?), un mal libro ('irreflexivo? 'que se basa en falsedades? 'Que tiene un lenguaje banal?) o mala filosofía ('ejemplos trillados? 'Argumentos débiles? 'Una visión limitada del mundo?). Me imagino que puede hablarse de algo interesante hasta en una mala película, ya que la posibilidad de que aparezcan accidentes afortunados o regalos del cielo es mayor en el cine que en otros medios en los cuales cada sílaba es producto de la elección de una sola persona. Hay figuras que la cámara adora. Si una de esas figuras hace apariciones breves pero recurrentes en una película mala, puede brindarnos instancias de verdadero placer.

-'Es posible hoy hacer una filosofía que no sea un comentario o mera "literatura"?


-No estoy muy seguro de a qué se refiere con "hacer una filosofía". Sin duda pienso que es posible pensar y escribir de forma filosófica. Heidegger hace filosofía a partir del comentario sobre, por ejemplo, textos de Hölderlin. Wittgenstein, en cambio, menciona algunos nombres de filósofos casi al pasar. Los dos tienen una escritura característica, y los filósofos a quienes no les gusta uno de ellos, o ambos, pueden calificar lo que hacen de "literatura". Los filósofos analíticos discuten permanentemente entre sí y en ocasiones con momentos del pasado de la filosofía. Por lo que parece, eso contaría como comentario sólo si su interlocutor estuviera muerto. Otra cosa que Heidegger y Wittgenstein tienen en común es su negativa a pensar su trabajo dividido en campos, como por ejemplo la epistemología, la estética, la ética, etc. Se trata de una negativa muy difícil de sostener en la filosofía seria actual, donde lo que se llama filosofía es (en el mejor de los casos) una materia universitaria que se enseña y se ubica en una jerarquía entre otras.

-Usted habla de la existencia de formas degradadas del "perfeccionismo" de Emerson, esa voluntad de cambiar uno, de volverse mejor. Muchas comedias traicionan ese espíritu, volviendo el cambio cosmético.

-Estoy de acuerdo. Sin embargo, no hay ninguna idea valiosa que no pueda degradarse. Lo que quiero decir cuando llamo la atención sobre la degradación es que casi nadie encuentra instancias de logros genuinos (no degradados) en, por ejemplo, el género de las comedias de segundos matrimonios. Por supuesto que mi tesis es la contraria; encuentro verdaderas transformaciones metafísicas en los personajes; un darse una segunda oportunidad que no es en absoluto banal. El propio Emerson fue ('es?) víctima de la falta de atención de los filósofos.

-'El desprecio de los intelectuales por el cine popular obedece a esa idea de "perfeccionismo al alcance de todos", con esa revaloración de la vida cotidiana?

-Espero que no sea verdad en el caso de los intelectuales estadounidenses, de los que cabría esperar que tuvieran conciencia de la traición a las aspiraciones democráticas. Me parece que, si ese "desprecio" es algo que comparten los intelectuales estadounidenses, se debe a cierto temor a que su credibilidad como intelectuales quede en tela de juicio si declaran su gusto por el cine. El intelectual no constituye aquí una jerarquía social reconocible más allá del "intelectual público", una persona que observa y hace comentarios sobre acontecimientos públicos actuales. Sin embargo, hay algo más y tiene que ver con la edad del arte cinematográfico, con el tiempo individual y social en el que se llega a adoptar una posición intelectual en relación con la más nueva de las artes. Dada mi avanzada edad, pude crecer con padres que veían dos películas de Hollywood por semana a partir de fines de los años 30, en la primera década del cine sonoro. Veinte años después, esas películas aún no se habían renovado con una generación más joven de directores, pero ya tenían que compartir su público, cuya atención también abarcaba la televisión y el cine contemporáneo francés, alemán, sueco y japonés. Cuando sentí que perdía mi viejo interés y mi convicción en el desarrollo del cine estadounidense, así como la fascinación por la inteligencia más explícita de las películas "extranjeras" y de la escritura sobre cine (James Agee, Pauline Kael, André Bazin, las reflexiones de cineastas como Godard y Truffaut) empecé a poner a prueba mi experiencia escribiendo un libro sobre películas y sobre cine. No tenía idea de cómo iba a ser semejante libro. Cuando empecé sólo sabía que iba a escribir sobre todo a partir de la memoria (sin Internet ni máquinas para volver a ver secuencias). Esas motivaciones y esos procesos de composición son algo que ya no está a nuestra disposición. La motivación que supongo permanece intacta es la de entender cómo un arte que aspira a la popularidad puede seguir teniendo instancias tan espléndidas de intensidad intelectual y artística. En EE.UU.hubo en un tiempo cierta posibilidad de intersección del jazz con el teatro de Broadway, asociado a los nombres de George e Ira Gershwin, Irving Berlin, Cole Porter, Rodgers y Hart. Kurt Weill dio un salto exitoso con su Opera de tres centavos. El jazz luego se volvió difícil de tocar y de entender; excedió los límites de lo popular.

-'Puede hablar sobre su eterna fascinación por Jane Austen?

-La fascinación puede ser eterna, pero no empezó muy temprano. Como en el caso de las comedias de enredo matrimonial que me llamaron tanto la atención, se debe a que ponen de manifiesto la igualdad de inteligencia e ingenio entre hombres y mujeres. Ambos expresan u ocultan su pasión de manera inteligente e ingeniosa, por lo cual reciben una educación moral recíproca, lo que nos hace alentar esperanzas. Eso se logra en un mundo que a menudo desconoce esas posibilidades, un mundo de injusticia, como suele pasar. En Mansfield Park esta idea de injusticia se sostiene explícita mente en la esclavitud extranjera.

-Pero si hay formas degradadas de filosofía, 'puede existir lo opuesto, como la creación de prácticas legítimas de refinamiento en literaturas que se consideran degradadas, como la literatura de autoayuda por ejemplo? 'Podría surgir una transformación del yo verdadera, un hacernos mejores, cada cual según sus posibilidades?


-Es posible que quienes desaprueban algunos de mis intereses, por ejemplo, en lo que yo llamo (y no sólo yo) perfeccionismo moral, consideren que algunos de sus principales representantes, a los que admiro (como Emerson, Thoreau, Matthew Arnold, John Ruskin, por no hablar de Nietzsche), son escritores de algo así como formas degradadas de filosofía. A veces me parece importante insistir en que lo que esos escritores producen en ocasiones es filosofía o en todo caso no tiene sentido diferenciarlo de la filosofía. Otras veces no me interesan esas discusiones. Como sostengo que lo que hago se basa en lo que entiendo que la filosofía hace o permite hacer, y como esos escritores forman parte de mi formación, no estoy dispuesto a negarles el título de verdaderos pensadores filosóficos.

-'Hay una esencia trágica del cine oculta aun en su forma más básica de entretenimiento?

-Si la hay, y creo que en ocasiones sugerí que la había, debe depender del hecho de que las figuras que lo habitan son mortales, o proyecciones de mortales, no destinados sólo a la muerte, sino–quién sabe– que es posible que pasado su momento, el momento de la filmación, nunca vuelvan a ser los mismos, como observa Henry James. Esa, supongo, es la razón fundamental por la que no puedo pensar la animación como parte del cine. No sé qué diferencia puede suponer eso a medida que nos habituemos a experimentar la digitalización y podamos discriminar.

-Dice que el descubrimiento intelectual y el logro artístico no se implican mutuamente. 'Podríamos estar ante una de las causas del divorcio entre cierta crítica y el público masivo?

-Un lugar importante en el que no hay tal divorcio entre la crítica (o lo que podría llamarse crítica) y el público es en la escritura estadounidense sobre deportes. Los que escriben sobre béisbol, basquetbol, etc. saben que escriben para un público que, en buena parte sabe por lo menos tanto sobre esos deportes como los propios críticos. La exactitud, incluso el aspecto técnico, y la pasión de esa escritura pueden hacerla muy placentera, por más que uno lo haga sólo ocasionalmente, como yo.

-'Cuáles son las obligaciones del crítico?

Hacer que su trabajo sea digno del mejor público que pueda imaginar.

-'Sigue pensando que el cine no creó un discurso digno de sí mismo?


Ahora soy muy selectivo en lo que leo y no me atrevería a generalizar. Confieso que siento cierta tentación de preocuparme cuando, al ver el valioso canal de películas clásicas de la TV norteamericana que programa verdaderos tesoros de la historia del cine, escucho que el conductor le da la bienvenida al público y cita un hecho aislado que suele no tener relevancia alguna para la película (por ejemplo, que en esa película un actor famoso hizo su primer papel, o que en un primer momento se había elegido a otro actor para el papel protagónico, o que otro estudio u otro director habían rechazado el guión, etc.). No niego que eso puede ser una forma de permitir que un público anónimo y disperso experimente un primer interés por lo que va a ver, pero si no se intenta "un discurso digno del cine" en esas ocasiones en que se presenta una buena copia de una película sin cortes ni interrupciones, 'entonces cuándo podemos esperar que eso ocurra?


Revista Ñ